La nueva historia de Marcelo Birmajer: Gavilán

El mago Perkins observó detenidamente al gavilán. Nunca lo había enjaulado: el animal lo seguía como si fuera un perro. Usualmente se dejaba llevar en el carromato, en el montacargas, subido a un mueble o a una percha. Pero en ocasiones había volado junto al vehículo en movimiento. La carrera del mago había comenzado con aquel animal prodigioso, que ahora parecía estar sentenciando su final. Por una vez, en el ensayo previo, el gavilán no desaparecía.

Perkins nunca le había puesto nombre: con gavilán alcanzaba. Pero hubiera merecido no solo nombre, sino título y honores. Alimento de primera calidad, compañeras. Aunque Perkins ni siquiera sabía si era macho. Lo daba medianamente por sentado sin averiguar. A horas de comenzar la función en el teatro de Palenquero, ninguna de esas condiciones resultaba relevante: gavilán se negaba a desaparecer; y sin ese prodigio no había show.

Un cuarto de siglo atrás, cuando el pájaro se acercó a picotearle el almuerzo, Perkins era el hijo de su padre en el campo de Las Flores. Lo fue a espantar con un rebenque, y el pájaro desapareció. No voló, ni se apartó, ni se dejó pegar. Se esfumó en el aire, y reapareció, en el momento menos pensado, comiéndole el osobuco al aire libre.

O lo mato o lo atrapo, decidió Perkins a los 25 años, y se convirtió en mago. Se paraba delante de audiencias de las más diversas latitudes, y el pájaro, como en un contubernio secreto, desaparecía frente a los espectadores. Cuando reaparecía, Perkins podía dedicar el resto de la noche a trucos de baja estofa: el precio de la entrada ya justificado.

Pero el maldito bicho había perdido su capacidad de desintegrarse momentáneamente en el aire. O sencillamente se estaba burlando de Perkins. Quizá fuera hora de ir a buscar la carabina, como rezaba la canción, y terminar allí con la farsa. De haber matado a ese pajarraco infame, como lo hubiese llamado Neurus, su vida habría sido distinta.

Tras el abandono de Aldana, Perkins había preferido rechazar el destino de sus padres y volverse trashumante. Pero ahora Aldana venía a ver la función, y el pájaro se había empacado. No podía fracasar delante de ella. Era el único componente de dignidad que conservaba. Ser un mago, no un hombre despreciado. Aquella mujer le había hecho desaparecer el corazón.

¿A qué venía ahora, a presenciar su triunfo femenino: confirmar que de aquel joven que Perkins había sido no quedaban sino ruinas? ¡Necesitaba una función gloriosa, con aplausos ensordecedores! ¡Y ese infame plumífero lo traicionaba en su hora más grave! Siempre había sido gavilán el mago: Perkins apenas su ayudante. El pájaro lo había llevado de aquí para allá, montando su pantomima, concediéndole su breve limosna de celebridad. Pero era gavilán el taumaturgo. Perkins era nombre de mayordomo: se había puesto un nombre artístico que lo denunciaba. Pero no hoy… no delante de Aldana.

Perkins cayó de rodillas y le ofreció al mago Fechor, el rey de todos los magos indignos, su última esperanza de felicidad a cambio de un éxito esa noche. Esa minúscula partícula de expectativa que aún latía en su espíritu, la ofrendaba a cambio de un aplauso final y contundente. Gavilán desapareció. Pero no reapareció. Se esfumó entre el campo y las estrellas. Sin pistas ni retorno.

¡Ese bípedo miserable le había arruinado la vida! Desde el primer momento no había sido sino un ardid. ¡Se escapaba en el instante previo al comienzo de la función más importante de su inútil carrera!. Ninguno de sus trucos valían un pimiento si gavilán no desaparecía en escena.

Ya era el momento de dar la cara: se preparó para el abucheo. Aldana, sola en su silla de lata, lo reprendería con una mueca burlona. No me equivoqué, diría en silencio, no valés ni el pasaje del micro que me tomé hasta acá. Perkins tartamudeó un par de insensateces: decía algo así como que los trucos que verían a continuación no eran el plato fuerte de su acto.

Pero en ese preciso instante de vergüenza y zozobra, apareció gavilán en su hombro. De la nada, repentino, sorprendente, fantástico. No era un pájaro que llegaba volando: surgió de su hombro como una criatura fabulosa. El público irrumpió en aplausos desaforados. Se pusieron de pie. El rostro de Aldana se ruborizó de admiración. Perkins, como nunca antes, hizo una reverencia de agradecimiento.

Incluso, más insólito si cabía, le pasó una mano por la cabeza emplumada a gavilán. Cuando el púbico vació la sala de tierra y lona, Aldana lo aguardaba. No hicieron falta palabras: se alojaron juntos en el hotel de la calle Marlagüe. Se bañó, Perkins, de la transpiración de la función, mientras ella lo aguardaba en el lecho. Cerró la puerta con traba. Cuando giró hacia su amada, ella no estaba.

La cama desierta como una trampa. ¿Por dónde había desaparecido Aldana? No había ventanas ni salidas. Se había esfumado, sencillamente. Fechor jamás renunciaba a sus ofrendas. Se la habían jugado, una vez más. Gavilán lo observaba displicente. Pájaro y hombre tomaron caminos distintos, sabiendo que al final se encontrarían.

POS

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