La nueva historia de Marcelo Birmajer: Un rostro desconocido

La idea se me había ocurrido muchos años atrás, pero aún no le había encontrado una solución: una mujer casada llega a su hogar, y encuentra en el lecho matrimonial a un hombre muerto, desnudo, que no es su marido. Siempre es más fácil matar a un personaje que explicar por qué, plantar un crimen que tramar su resolución, exponer un enigma que descifrarlo.

El acto de matar a los personajes en la ficción, para un autor, es a menudo sencillo y placentero; construir un detective y un método deductivo verosímil, adulto y exitoso, requiere de un ingente trabajo. Por eso creo que en la vida real hay decenas de líderes que han sido verdugos, pero muy pocos que hayan salvado vidas.

Eliminar una vida requiere de apenas un impulso criminal; salvarla demanda conocimiento, tesón, perseverancia, y aún puede ser insuficiente. Finalmente, la lógica del planeta favorece a los asesinos: todos moriremos alguna vez. Esa es la ley de gravedad del alma.

Yo había llegado a San Pablo para dictar una conferencia en una sinagoga. Era un discurso laico, precisamente sobre cuentos y guiones, pero allí se congregarían los asistentes. Si no me equivoco, bajé con birome y papel al lobby del hotel, para tomar apuntes (estoy casi seguro de que todavía no llevaba la notebook).

Involuntariamente crucé miradas con otro habitante del bar: me pareció reconocerlo de algún lado. Descubrí que era Omar Romay, el productor de televisión, hijo del mítico Alejandro. Nos habíamos cruzado, fugazmente, en el canal 9 de la calle Dorrego, en los años 90, poco antes de que se vendiera. Por algún motivo especulé que dedicar esa hora que me restaba antes de mi alocución a conversar con Omar, en lugar de estrujarme el cerebro, resultaría más provechoso. No me equivoqué.

Le pregunté qué estaba haciendo allí. Un actor, o una actriz, acababa de desertarlo. No era la primera vez: Jeannette Rodriguez, Luisa Kuliok, Gina Lollobrigida, lo habían abandonado en el umbral de algún proyecto, con el contrato firmado y sin consuelo.

Pero la historia también esta vez tenía su miga. Omar estaba allí para adaptar al Brasil una telenovela de enorme repercusión en la Argentina de los años 70. El actor, un famoso galán brasileño, co protagonizaba la versión en portugués con una diva, también brasileña, pero de fama hollywoodense e internacional: en el orden de las Salma Hayek o Angelina Jolie. De hecho, esa mujer monumental se había casado con uno de los más icónicos actores de Hollywood, él ya en sus años provectos.

Pero en el set de grabación de la telenovela, la garota mundial protagonizó un escandalete: debían interpretar una escena erótica, tapados por las sábanas, y ella quería sumergirse desnuda en el lecho. El galán brasuca, en la vida real, estaba a punto de contraer matrimonio. La posibilidad de compartir la cama, debajo de las sábanas, con una de las mujeres más hermosas del planeta, completamente desnuda, y él con el torso descubierto, lo inquietaba.

– Desnuda, desnuda, no -clamó el actor-. Que se ponga algo.

Pero la diva insistía en que si no le permitían rodar esa escena como Dios la había hecho, no podía desplegar su talento.

– Para fingir, hay que sentir -decía precisamente sin ningún sentido.

No había acuerdo: la mujer no avanzaría si no la dejaban desnudarse íntegramente, el hombre no se metería bajo las sábanas con esa mujer desnuda. La naturaleza del conflicto me dejaba perplejo. Había millones de dólares en danza, cientos de puestos de trabajo, decenas de millones de espectadores que aguardaban el estreno. Y centenares de millones de hombres que hubieran pagado para cubrirse con esa misma ropa de cama, ya no digamos cobrar una fortuna por lo mismo.

Pero nadie podía mover un dedo hasta que hombre y mujer no se pusieran de acuerdo. Así era la mera existencia humana. Repentinamente le propuse a Omar que cambiara de actor: – Ella va a al baño a acicalarse, regresa completamente desnuda, dispuesta: sobre el lecho, en lugar del hombre deseado, yace el cadáver de un desconocido, desnudo.

– ¿Y entonces? -preguntó sin entusiasmo pero expectante.

– En esa parte siempre me trabo -reconocí-.

Nos despedimos amablemente y partí a dar mi charla, lo que hice con solvencia y profesionalismo.

Hace apenas unos meses, durante una visita de Omar a la Argentina, nos encontramos, también más por casualidad que por acuerdo, en un bistró de Palermo Viejo. Le recordé aquel diálogo en el bar del lobby del hotel de San Paulo, hacía un cuarto de siglo.

– Lo que esa mujer quería era que la despidiéramos: le tuvimos que pagar una indemnización alucinante. Pensar que ahora el hombre se negaría a entrar en la cama con ella desnuda, pero por el motivo exactamente opuesto al de aquel entonces. En cualquier caso, él ya no está en este mundo para confesarlo.

– ¿Pero qué edad tenía? ¿Murió de coronavirus?

Romay hizo un gesto negativo con la cabeza.

– Falleció hace unos cinco años. Pero poco después de su boda, comenzó a perseguir a la estrella, arrepentido de haberla rechazado en el set. Ella ya se había divorciado de la celebridad hollywoodense y había regresado a Brasil. Él le rogaba que le diera otra oportunidad. Pero ella replicaba que aquello era por el arte, no por placer, y que además él la había despreciado. Ni loca se acercaría ahora a él: no lo tocaría ni con el chorro de un sifón.

Él no quería divorciarse: amaba a su esposa. Pero la obsesión por la estrella, más que por su belleza por haberla rechazado, lo torturaba. Una tarde, contrató a su doble -un adicto capaz de cualquier encargo- para que fingiera ser él, acostado bajo las sábanas, en su propia casa, porque la esposa pasaría por la pieza rumbo al trabajo. Maquillado, oculto, creería que dormía en casa; mientras el galán intentaba una vez más conquistar a la estrella en Ipanema, donde ella rodaba un clip (ya una veterana esplendorosa más que la joven despampanante en la cumbre).

Reconozco que el ardid era absurdo, impensable. Pero el galán no estaba bien: se ladeaba, perdía su ecuador. ¿Quién mete a un doble en su cama? La esposa justo esa tarde decidió homenajear al marido antes de seguir viaje al trabajo. Cuando corrió las sábanas, halló el cadáver de un desconocido, apenas parecido a su esposo, frío de una muerte entre sobredosis y paro cardio respiratorio.

– Esa es mi idea -grité-. Y luego, aplacado, pregunté fingiendo pena: – ¿Pero cómo murió el actor?

– Se tiró de un acantilado después de este episodio, aún no se sabe si fue suicidio o accidente.

– ¿Es una solución para mi enigma? -consulté.

No lo dejé contestar: como me ocurre a menudo, pregunto e interrumpo. Por eso nunca llego a nada. Agregué: – Murió el día en que le negó el acceso desnuda a esa cama de utilería. Después fue solo cuestión de tiempo.

Dejamos pasar unos instantes de reflexión.

– No -sentenció desencantado el avezado productor-. Es totalmente inverosímil.

WD

A %d blogueros les gusta esto: