La nueva historia de Marcelo Birmajer: El show debe continuar

Llegamos con Guido Di Carlo a un pueblo remoto para compartir cuentos y canciones. Remoto, más que por distancia, por sustancia: podría haber estado en cualquier parte de la Provincia de Buenos Aires, de Chubut o en Catamarca.

Pero lo definía su plaza en el centro, la Municipalidad frente a la vereda más larga de la plaza, la escuela principal frente a la vereda paralela; la bicicletería frente a la vereda corta y el bar, por la mañana lechería, por la noche whiskería, en la vereda restante. Igual a tantos pequeños pueblos que habíamos recorrido, apareciendo en la terminal a horas destempladas y marchando en el siguiente micro.

Pero a este sitio lo diferenciaban dos singularidades ineludibles: el nombre de una derrota, y su estatua principal. Se llamaba Vilcapugio, Ayohuma o Cancha Rayada, no recuerdo cuál, pero figuraba en el cartel oficial de entrada y bienvenida. Y el monumento al Libertador en el centro de la plaza, montado a un caballo con las patas en alto: nunca he visto tan triste la expresión del prócer, como en esa reproducción labrada en bronce.

Fue uno de los espectáculos más discretos pero a la vez más intensos que brindamos: se armó junto a un fogón, rodeados de trabajadores rurales, docentes, bibliotecarios, adolescentes y alumnos del colegio primario con sus padres.

Circulaba el mate, la sopa, el chocolate caliente y el café. También la grapa, el aguardiente y la caña. Sucedía en el jardín de una escuela rural, que en realidad era el campo abierto, sin alambrados ni tranqueras. Cada tanto aparecía una vaca en la noche, como si quisiera escuchar uno de los relatos. Los chicos se reían y la expulsaban; y a mí no solo no me molestaba la interrupción, sino que la alentaba.

Un gaucho de apellido Palomeque me preguntó si yo conocía al “Peludo” Kando. Lamenté responder negativamente. Los presentes no se ofendieron, pero quedaron perplejos. Lo reputaban famoso más allá de la localidad. Interpretaba sus canciones prohibidas no solo en aquel paraje, sino en lo que ellos cartografiaban como “el corredor nosteño”, definición que hoy tampoco me sirve de pista para saber dónde estuvimos.

¿Por qué prohibidas? Kando entonaba el cancionero secreto de las derrotas de la gesta de independencia. Eran canciones amargas, a menudo señalando errores y destinos inciertos. ¿Invento o Historia? El veredicto fue dejado al arbitrio del tiempo.

Aunque nunca más de cien personas por encuentro, se llenaban las pulperías con su recital; con algunas notorias excepciones. Kando era reconocido por nunca suspender un show. Llegó al pueblo de Lontananza (no es broma), en medio de la peor sequía que hubieran registrado, y de las cien entradas vendidas, acudieron solo dos parroquianos, aparentemente una pareja.

Kando subió al escenario y cantó como si fuera ante una multitud. En un paraje litoraleño, arribó el día del asesinato del intendente, y de todos modos siguió adelante, en medio de un clima ominoso y un público que no aplaudía. Sus giras, si bien constreñidas geográficamente, eran memorables: nunca detenerse, nunca callar, nunca volver sin cantar.

Hasta que lo conoció la gringa. Una finlandesa, filóloga, antropóloga, semióloga, socióloga, ni el gaucho que me contaba ni yo sabíamos diferenciar una profesión de la otra. Venía en busca de una tesis doctoral, acabó perdidamente enamorada del Kando y se lo llevó para Helsinki.

Es un fenómeno repetido en otras ciudades europeas: al público nativo báltico le resultaba telúrico, enigmático, auténtico y desafiante el repertorio del Kando. No entendían una palabra de sus canciones, ni de la historia a la cual se refería, pero les parecía estar escuchando un mensaje ancestral, primigenio, quizás sagrado.

El Kando, de la mano de su novia y representante, trashumó los países eslavos, bajos, nórdicos. Hizo una pequeña fortuna de clase media desarrollada. Pasó 30 años sin pisar la Argentina, mucho menos su terruño. Cumplió 80 cuando la finesa lo dejó.

– ¿A los 80 años le plantó la galleta? -me salió una frase inesperada en mí.

El gaucho asintió como si la mía fuera pregunta de pajuerano.

– Ansina don “Peludo” el Kando se vino para dar su recital en Vilcapugio -dijo el gaucho, supongamos que el pueblo se llamara así-. Pero comenzaría por los pueblos vecinos: destrozado por el abandono de su deidad finesa, sintiéndose viejo y derrotado, su última voluntad era cantar de pueblo en pueblo hasta morir en escena.

– No es una buena actitud para con el público -comentó Guido.

– Por entonces la gente moría mucho más temprano -replicó el gaucho, por toda respuesta.

Kando aterrizó en Ezeiza y una combi lo trajo directo para el “corredor nosteño”, aunque no a su casa natal. En Salitre arrancó los recitales de lo que llamó “su última gira”. Le daba al garguero, y a algo más, aparentemente contrabandeado de las tierras frías, que no era bueno para el alma ni el cuerpo. En cada uno de estos conciertos perdía una parte de sí: deteriorado, se abotargaba.

Cantaba sin garganta pero con ganas, bronco y fatal.

Por primera vez, en su regreso a Vilcapugio, debieron habilitar el gimnasio techado para un recital sobrepasado: trescientas personas.

Lo alojaron, con su guitarra y como si fuera un forastero, en uno de los dos únicos hoteles, El Grillo, supuestamente el mejor (yo también paré ahí y no creo que la palabra “mejor” aplique). Una hora antes de la función, el corazón del Kando se detuvo. Por entonces el gaucho Palomeque era el conserje de El Grillo, y salió disparado a buscar al doctor.

En la habitación del Kando, con una tristeza sin llanto, frente al cadáver amarillo y frío, el galeno anotó la fecha y la hora de defunción, y llamó al encargado civil de los muertos.

Al conserje le quedó también la penosa misión de acudir al gimnasio techado para anunciar la suspensión del recital. Pero cuando entró al salón abarrotado, Kando estaba arriba del escenario, cantando con una voz impecable, “igualita” a la de su última actuación, 30 años atrás, en Vilcapugio.

Interpretó cuatro temas, el público aplaudió como si los escuchara por primera vez (para un cuarto de los espectadores así era) y a mitad de la quinta canción, se le cayó la guitarra, se le torció la cabeza, cayó redondo y murió sobre el escenario.

– Murió dos veces -dije sin sorpresa.

– Eso no lo puede decretar el doctor -sentenció el gaucho.

– El show debe seguir -concluyó Guido-. Y desplegamos una última canción.

WD

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