La nueva historia de Marcelo Birmajer: En el circo vacío

Niso ponderó la posibilidad de rechazar una invitación femenina por primera vez en su vida. Sin embargo la dama lo atraía, poderosamente, más allá de toda duda razonable. Pero la idea de asistir a una función de circo le hacía rechinar los dientes.

A sus seis años, con su padre en el circo Boderraby, había atestiguado cómo un león se comía a un payaso. El payaso se hallaba en plena rutina, cuando repentinamente un león apareció en escena, le pegó un tarascón en la cintura, quebró al hombre en dos, y le abrió el estómago a dentelladas.

El resto de la macabra pitanza, Niso procuraba no narrarla ni a sí mismo. Luchaba contra ese recuerdo, infructuosamente. Nunca más había concurrido a un zoológico, ni mucho menos a un circo. Cambiaba de canal o de sitio cada vez que un payaso asomaba. En el Batman de Burton había debido abandonar la sala cuando Nicholson se convertía en el Guasón. Pero Carolina ahora lo invitaba a una función de circo, y nada menos que el de su admirado Carlitos Balá.

Aparentemente a Carolina le habían encargado la confección de una nota al respecto. Niso caviló nuevamente acerca de sus alternativas: si le decía que no, ella no le perdonaría el desplante. Por algún motivo sentía que, incluso narrándole su trauma infantil, Carolina acudiría sola y la perdería. Esa noche era definitoria. La mera idea de estar sentado junto a Carolina le resultaba estimulante. Pero también temía una huida irrefrenable frente a un león o un payaso.

Aceptó. No se dio demasiados argumentos: sencillamente la atracción que sentía por Carolina rivalizaba con el terror de su infancia.

Se encontraron en la casa de alfajores y caminaron por la avenida Colón hasta llegar al descampado donde se alzaba la carpa de Carlitos Balá. La brisa del mar los acompañaba y reunía. El viento empujaba levemente a la mujer contra el hombro de Niso. Le dio la mano para ayudarla a subir el último tramo de una pendiente.

La carpa se engalanaba con el gigantesco cartel anunciando a Balá en su clásico gestito de idea. La admiración de Niso por ese chisporroteo de talento no menguaba: el gestito de idea. Como la farsa argentina de llevarse los dedos al tabique nasal para “hacer memoria”; pero con sentido del humor, y elegancia.

Gestito de idea: ¿alcanzaría para exorcizar el fantasma del payaso y la presencia siniestra del león? Ya sentados en sus butacas, con la mezcla de olor a arena y heno, Niso evocó el momento de pánico en el que su padre lo había tomado fuerte de la mano y la gente intentaba escapar como si se tratara de un incendio.

De no haber sido por el domador, que derribó al león con un dardo narcótico y pegó el paradójico grito de calma, los presentes pudieron haber colapsado en un accidente monumental, de esos que se recuerdan por siglos, como la puerta 12 de River. Entre los distintos integrantes de la troupe, mientras llegaba la policía y las inútiles ambulancias, ayudaron al público a retirarse ordenadamente.

El presentador del circo de Balá esfumó los recuerdos infantiles de Niso: en esa noche de 1996, a sus treinta y pico de años, regresaba por primera vez a un circo desde aquel espanto.

Balá se hizo esperar. Hicieron un chiste con el hombre bala, que efectivamente salió volando por la abertura de un cañón herrumbrado, con destino desconocido. Y finalmente apareció el genio del flequillo. Grandes y chicos aplaudieron con devoción. A Niso lo emocionó hasta las lágrimas.

Carolina le apretó la mano, inesperadamente le besó el cuello. Niso conjuró la catástrofe: sentía el miedo abandonar su cuerpo. Una vez más, la lujuria le daba sentido a su vida. No solo sobrellevó a los dos payasos -el viejo y el joven-, también al tigre de Bengala y a los dos leones. Le resultó irritante el caniche malabarista. Lo alegraron los Malerba, que Niso porfió no eran los hermanos originales.

Carolina permaneció unos cuarenta minutos tras bambalinas al terminar la función, supuso Niso entrevistando a Balá. Niso entró a buscarla, en el circo vacío, y Carolina propuso cena en el tradicional restaurant marplatense, el de la calle Luro. Niso se pidió el filet de merluza porque en ningún otro sitio lo hacían tan bien.

– Mi padre de crianza es el payaso viejo -confesó Carolina.

A Niso se le atragantó el pescado, anunciado sin espinas. Carolina se refería a uno de los payasos de la función recién acabada: más allá de los zapatones, se le notaba el caminar lento y pesado de un anciano, como si lo atenazaran grilletes. Detrás del espeso maquillaje blanco, un tiempo desmesurado en el rostro. Le pareció verlo en ese instante entre los dos.

– Salió hace tres meses de la cárcel -siguió Carolina, mirándolo a los ojos-. Hace treinta años, cuando todavía trabajaba como domador, soltó a un león para que atacara un payaso. Ese payaso era mi padre biológico: hoy me enteré.

Niso sintió sus ojos llenos de lágrimas por segunda vez en la noche.

– Fue algo terrible -siguió Carolina-. Mi madre estaba en el noveno mes, embarazada de mí. Cuando el león mató a mi padre biológico, durante la función, se le apuró el parto a mi madre, que era trapecista, pero por supuesto no participaba del show, solo estaba ahí, en la carpa. Allí nací yo, apenas se había ido el último espectador: en el circo vacío. El domador era el marido de mi madre: yo lo llamé papá durante mis primeros cinco años de vida.

“A los cinco años de mi nacimiento lo declararon culpable de homicidio. Hoy lo viste: cuando salió de prisión, prefirió la profesión de payaso. Yo lo vi hoy por primera vez en 25 años”.

Súbitamente se apagaron todos los sonidos del restaurant. Hasta las imágenes y presencias desaparecieron entre hombre y mujer. Solo existían ellos dos y sus recuerdos: como en un circo vacío.

– ¿Querés que vayamos a mi casa? -preguntó Carolina.

Niso especuló sobre qué decirle, cómo iniciar ese diálogo. Asintió.

WD

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