La nueva historia de Marcelo Birmajer: La sustancia

Landor buscó sin suerte su rostro en el espejo. Llevaba años desencontrado. El segundo movimiento de la mañana fue observar el papel sensible, con una gota de su sangre, embebido en la sustancia. Pero no se había puesto de ninguno de los dos colores: ni azul ni verde.

Landor había creído inventar un detector de victorias o derrotas amorosas: según el color que tiñera el papel, el implicado había salido ganador o perdedor de la relación. Pero en esa prueba, consigo mismo como conejillo de Indias, el detector no había funcionado. De todos modos Landor había fracasado en el amor, de eso no cabían dudas.

Se puso un pantalón negro y un buzo de cuello alto. Su hija Fiorella, de 25 años, lo esperaba en la casa de la calle Aguirre. Jimena, una treintañera serial, se había marchado. “Te agarró con el corazón distraído”, le había dicho uno de sus pocos amigos, el profesor Plones. Landor nunca hubiera imaginado que Jimena podía descerebrarlo de aquel modo. En lugar de agradecer el milagro de haberla conocido, lamentaba su repentina despedida. No se reconocía en esa mezquindad: pero así sentía. No había detector ni encuesta que pudiera modificar esa destemplanza.

Landor trabajaba como Coordinador de difusión de Materiales Sociales de la Universidad de Easton, Susex, en el mundo hispanoparlante. “¿Por qué los hombres prefieren dormir de costado”. “¿Cuántos latidos da el corazón humano a lo largo de 60 años?”. “¿Por qué las mujeres disfrutan comprar ropa mientras los hombres lo detestan?”. “¿Cuántas personas son capaces de reconocer una constelación?” “¿Por qué el fútbol es el juego más popular de Occidente?”. La mayoría de esas preguntas carecían de utilidad o sentido, y otras tantas ya ni siquiera podían enunciarse: la idea de que hombre y mujer manifestaban intereses distintos era políticamente incorrecta. Había un cuaderno entero con preguntas tachadas como “informulables”.

Landor no precisaba saber cuántos bombeos había ejecutado su corazón durante 60 años: pero estaba seguro de que los restantes serían latidos deformes. Jimena sabía lo que hacía cuando lo había dejado tendido, ni siquiera de costado, mirando el techo como un animal prehistórico. La gran apuesta de Landor había sido el detector de ganadores y perdedores en la tragedia amorosa; pero también en esa lid había perdido.

Físico y químico, graduado más de treinta años atrás con buenas notas, avizoraba su futuro como un largo páramo, completando encuestas patéticas. El invento pudo haberle permitido instalar su kiosquito, un negocio funcional, una senectud tranquila. Gracias a Dios su hija Fiorella había instalado con el novio esa fábrica de quesos en un pequeño pueblo de la provincia, Iberlure. Ese muchacho, el novio de Fiorella, tenía la cabeza sobre los hombros, Fiorella también. Landor los había visitado una vez y dado buenos consejos relacionados con la química. Pero Fiorella mantenía una distancia que era el reproche por sus ausencias como padre.

Ahora que su ex esposa, la madre de Fiorella, se había vuelto a casar y fungía una luna de miel con el nuevo marido en un crucero por el Caribe, la hija se permitía saludarlo al pasar por Capital. Paraba en la casa vacía de la abuela materna. Landor recordó la alegría de su padre y su madre cuando le entregaron el diploma, habían viajado al extranjero para verlo vestido de toga. Aunque avergonzado de arrojar el sombrero académico en alto, la sonrisa de sus padres lo había consolado del ridículo. Ya ninguno de los dos podía atestiguar su completa derrota: ambos se hallaban mucho más alto que donde había llegado aquel olvidable sombrero.

Landor era olvidable: eso era lo que le fraguaba el espíritu. No sabía qué era la muerte, pero ser olvidado le dolía con una intensidad que no podía describir ni sobrellevar. “¿Cuánto tarda un hombre en ser olvidado?”, sería una de las preguntas insensatas, formulada como si la acción de olvidar dependiera del olvidado y no de la que olvidaba. Pero Jimena se lo había olvidado como a un estuche de anteojos. Tocó el timbre del portero eléctrico de la casa de la calle Aguirre y Fiorella le abrió sin preguntar. De todos modos tuvo que bajar, porque la puerta de calle estaba cerrada con llave. En el planta baja, prefirieron ir a tomar algo a un bar. La mañana era extrañamente plácida.

– ¿Puedo tomar un whisky, a esta hora? -preguntó, culpable, Landor a su hija.

– Tomá lo que quieras -dijo ella sin rencor-. Aunque por la hora, parece mejor un vermú.

– Con queso -sonrió Landor.

– ¿Por qué no? -aceptó Fiorella.

– No, prefiero un whisky -decidió Landor.

Recalaron en un bar agradable, bajo un sol tibio, el mozo los atendió bien. Fiorella pidió un jugo de naranja exprimido y un café. Landor paladeó su whisky como si fuera el primer cigarrillo de la mañana.

– Estoy embarazada -le dijo su hija-. Me acabo de hacer el test. Se lo dije recién por teléfono a Iñaki, y ahora a vos. Sos el segundo en saberlo.

– ¿Y a tu madre? -preguntó Landor, antes de felicitarla.

– Está en el crucero -replicó Fiorella por toda respuesta, sin ofenderse.

Landor se puso de pie, rodeó la mesa y abrazó a su hija. En el camino derribó su vaso y se le cayó todo el whisky. Ella se dejó abrazar, conmovida y desconcertada.

Landor regresó a su silla, pidió otro whisky, murmuró: – Qué cosa increíble esos test. Pensar que la humanidad… Pero prefirió callarse. Y agregó: – Te veo contenta y eso me pone contento a mí.

– Lo sé.

Pasaron varios minutos en silencio, disfrutando esa pausa.

– ¿Lo van a tener acá o allá? -preguntó.

– Ya veremos. ¿Vos cómo andás?

Landor se encogió de hombros.

– No hay nada dicho -dijo su hija-. Ni siquiera la infelicidad es segura.

Landor pensó que, por muy lejos que hubiera permanecido, de algún modo había criado una hija.

Regresó a su casa de soltero con paso lento y desparejo. Al pasar por la cocina, sin deliberación, descubrió que el papel se había coloreado: azul fracaso. Aunque ya conocía el resultado, lo alegró el éxito de su invento. Quizás tuviera para un par de años más, después de todo.

WD

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