La nueva historia de Marcelo Birmajer: Una vida de película

El hombre me dijo por teléfono: quiero hacer una película con mi vida. Yo había escuchado muchas veces esa ambición, por parte de distintas personas, y nunca había atestiguado su concreción. Acudí a la reunión sin expectativas. Su casa era en una calle llamada Alarces, más allá de Belgrano pero sin salir de la Capital.

Llegué en tren y luego seguí en remise; pero el chofer, desconcertado, me dejó en tierra de nadie. Miré a mi alrededor: se alzaba una especie de Partenón, del tamaño de la Facultad de Derecho, y otros dos edificios monumentales e indefinibles, con los frentes raídos como los del malecón de La Habana. Pero aquí no había mar que los hubiera podido erosionar así. Unas enredaderas, con pinta de venenosas o carnívoras, trepaban como lianas por las columnas de cemento. Oscurecía y no quería pasar la noche allí perdido. Apareció un guardia, de gorra y armado. Portaba una mini ametralladora a la que bauticé espontáneamente “Uzi”.

Finalmente, todas las construcciones, y el guardia, pertenecían a mi anfitrión: era el sitio el más grande y ostentoso que yo hubiera pisado como propiedad de un solo dueño. Don Felipe era amable y dicharachero. Me recibió con un gin tonic y nueces macadamia. También caviar, sashimi de centolla y un vino blanco que por primera vez en décadas acepté.

Tenía 70 años y llevaba 45 de matrimonio, dos hijos, tres nietos y una vida encantadora. Le iban bien los negocios, afuera y en el país. Su devenir había sido bendecido por la fortuna y su pasado era plácido: su abuelo y su padre lo habían situado en la senda correcta, y la había continuado con paso firme y propio.

Desplegó frente a mí sus emprendimientos comerciales, el álbum familiar, el fortuito y acertado encuentro con su esposa, el nacimiento de sus hijos, la dicha de sus nietos. Describió a su contador, hijo del que fuera contador de su padre, como el hombre más confiable del planeta: ya mismo me traería el cheque con la oferta.

Era de madrugada y yo estaba medianamente borracho cuando le dije que allí no había ninguna película para contar. Replicó que la quería hacer igual. No me opongo ni participo, concluí. Un helicóptero me llevaba de regreso al Once, pero le pedí al piloto, a las cinco de la mañana, que me dejara en la cancha de River, porque me daba vergüenza que me vieran aterrizar en el barrio, algún vecino despierto, aunque todos los negocios estuvieran cerrados por la hora. Traté de dormir en casa, pero ya no era temprano ni tarde. A las diez de la mañana don Felipe me llamó para insistirme: si yo escribía el guión, garantizaba la producción.

Respondí que no era un problema de confianza: yo podía ser el plomero creativo o literario de muchos proyectos distintos, pero siempre que hubiera algo para contar, al menos en un lenguaje que yo comprendiera. Su vida superaba mi capacidad narrativa: esa forma de felicidad era como un sonido que yo no podía escuchar.

Pasaron los meses, casi un año. Esa mañana de julio era más fría que ésta, cuando en mi celular una voz inesperadamente cascada de don Felipe me dijo que me esperaba en Tarzán, el bar de Ayacucho y Lavalle. Estúpidamente recordé las lianas que subían por las columnas de sus dominios y me espantó su presencia en mi modesta aldea.

Las apariencias no mejoraron mi percepción: había envejecido una década, una barba de días le erosionaba el rostro como aquel mar invisible el frente de sus residencias, debajo del mentón le surgía una panza malsana. La ropa estaba percudida y expelía un hedor acre. El contador, el hombre más confiable del mundo, había escapado con una de sus nueras. No era la codicia su motivación, sino una pasión maligna. Don Felipe no lo había visto venir por ahí. No podía siquiera imaginar una traición de esa naturaleza. Pero en la huida, lo había desfalcado hasta lo indecible.

La culpable de derribar el imperio fue la nuera, Anabella; pero a ella no la podían matar, porque era la madre de su nieto. El contador, en cambio, ya no integraba el reino de los vivos. Don Felipe abandonaría el país: ¿podía escribir yo ahora su película, reivindicándolo?

Recordar las lianas por el bar Tarzán, había sido una estupidez involuntaria, obligada por el pensamiento; la pregunta que hice a continuación fue propulsada por mi habitual estupidez deliberada, inherente a mi curiosidad: ¿me estaba contando un invento, un señuelo para que yo quisiera escribir su historia?

Don Felipe me miró en un silencio desesperado, porque en mis necias palabras leía mi negativa. Yo no escribiría nunca la historia de un ladrón de guante blanco, mucho menos la de un ladrón sin guantes, peroré en susurros. En ningún caso la de un asesino. Desprecio a los ladrones y a los asesinos, recalqué: el único destino que les imagino es la cárcel.

Don Felipe se tomó la cabeza con las manos y cerró los ojos. Me levanté y me aparté, temeroso de que confundieran la escena con una ruptura sentimental. Al día siguiente leí en el diario que el contador del emporio continuaba ausente sin causa. Muchos años después me encontré con la nuera despiadada. Aún era una morocha suculenta, con una mirada bizca intensa y fatal, en la edad de las jamonas. Pero esa es una historia muy distinta, con la que alguna vez escribiré una película.

WD

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