La nueva historia de Marcelo Birmajer: La confusión

Padezco lo contrario del jet lag: síndrome de abstinencia aérea. Mis viajes se suspendieron, y mi tiempo también. Envejezco sin sentido ni propósito.

Sólo puedo recordar mis travesías: la cuarta vez que visité México, no sabía dónde iba. La primera me perdí: hubo un malentendido con el remise que venía a buscarme al aeropuerto, debí trasladarme por mi cuenta hasta el hotel, y llegué a un barrio homónimo al de mi alojamiento, pero en la otra punta del DF.

En mi segundo arribo a México paré en ese mismo barrio y el mismo hotel, y no tenía la menor idea de dónde estaba. Cada viaje desde el hotel hasta la actividad que fuera tardaba por lo menos tres horas, por los embotellamientos ininterrumpidos. El smog era como la niebla de Stephen King.

La gastronomía era fabulosa: todo me gustaba; a las siete de la mañana ya se olían los tacos y las quesadillas en el Zócalo. Los desayunos alcanzaban para pasar sin comer el resto de la semana; pero también almorzaba, merendaba, cenaba y volvía a desayunar. Podría haberme desplazado rodando y habría llegado más rápido que en la combi.

Los españoles habían derrotado a los aztecas y a los mayas, pero no lograron imponer su punto de vista: en las calles de cemento y tierra aún se libraba la batalla entre las culturas precolombinas y la modernidad. Del tercer viaje solo recuerdo, en la mesa de luz, un instructivo de cartón sobre qué hacer en caso de terremoto. Usé el cartón para apoyar una porción de pizza Hut, y luego lo tiré a la basura: en caso de terremoto, me encomendaría al azar.

Pero mi cuarto viaje fue a una localidad perdida que se llamaba Azrabelia, en las cercanías del desierto de Sonora, limítrofe con Arizona.

Los organizadores me enviaron un cuestionario donde, entre otras cosas, me preguntaban por qué en mis cuentos y novelas aparecían con frecuencia nombres y circunstancias relacionadas con la cultura judía. Les respondí que era porque me habían circuncidado al octavo día de mi nacimiento, había celebrado mi bar mitzvá y había permanecido judío hasta ese mismo instante: impostar que era negro o protestante me hubiera resultado fatigoso.

Si bien era cierto que la mayoría de mis relatos eran inventos, los escribía un judío, no un español, ni un azteca: agregué que en aquella guerra inacabada yo resultaba equidistante. Pero puesto a elegir entre los conquistadores y los indígenas, probablemente yo me hubiera quedado entre los indígenas, aunque no podía asegurarlo.

En el viaje del DF a Azrabelia, todos los pasajeros, y la tripulación, eran nativos precolombinos: las narices en noventa grados, los labios gruesos, las pieles cobrizas. Literalmente yo era el único blanco y me sentía un poco cohibido. Había pasado de ser minoría relativa a minoría absoluta.

Pero no había diferendos entre nosotros: mis parientes habían sido perseguidos por la Inquisición; y los de mis compañeros de viaje, conquistados y expoliados por esos mismos inquisidores.

Cuando llegué a Azrabelia, el señor que vino a buscarme no tenía la menor idea de quién era yo. Me llevaron a una especie de pequeña comunidad, con cabañas de adobe colonial y techo de paja. No sabían de ningún evento literario: suponían que yo era el cura que debía llegar desde Honduras. Intenté explicarle la incompatibilidad entre sus expectativas y mi existencia, pero Susthemoc, como se llamaba el referente de aquella aldea, replicó que aguardaban un sacerdote prometido por la curia: si no era yo, no podían alojarme. Me señaló el desierto como opción, y escuché el aullido de un coyote, incluso de día.

El sacerdote, Julio de la Serna, era blanco como yo: mi única posibilidad de sobrellevar aquel trance era fungir del padrecito. El siguiente avión aterrizaría dentro de 36 horas, y el traslado al aeropuerto solo podía suceder con la carreta del lugar. Pero… ¿y si aparece el verdadero cura?, le pregunté a Susthemoc. Se encogió de hombros y volvió a señalarme el desierto.

Me indicaron mis aposentos y me proporcionaron una sotana recién planchada. En mi habitación había una barra de chocolate puro y una jarra de leche caliente: pero intenté la infusión sin suerte. El chocolate permaneció rígido hasta que la leche se enfrió. Traté de masticarlo, a secas, pero casi me parto un diente.

La primera misa era a las siete de la tarde. Una mucama vino a preguntarme si necesitaba algo: se presentó como Malinche y agregó que estaba a mi disposición. En cierta inflexión de su tono me pareció presumir un desafío a mi también presunto celibato.

Le pregunté si Malinche no era el nombre de la mujer que había traicionado a los aztecas, pero no respondió. Me puse la sotana y me miré al espejo: era el pastor luterano de La familia Ingalls. Pero mi alojamiento por una noche bien valía una misa.

Yo no poseía precisamente la habilidad del Correcaminos, y con el caer de la tarde los aullidos de los coyotes se habían multiplicado. Tampoco mi pieza estaba completamente a salvo de las amenazas del desierto: un alacrán trepaba por una de las paredes. Al fin la barra de chocopiedra me sirvió: se la arrojé y lo aplasté con una puntería milagrosa.

Llegó la hora de mi aquelarre. Luego de haberme retirado durante toda mi infancia y pre adolescencia del momento de las misas de mis compañeros gentiles, debía ahora yo celebrar una. Mis ancestros abjurarían para siempre de mí; quizás retornara alguna vez como el hijo pródigo. Pero no lo creía. No creía en nada. La feligresía me aguardaba cabizbaja, pero ladina: no querían al cura. Tampoco sus ancestros.

Marenostrum, dije para arrancar. A nadie le importó. “Ave María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”, continué. Un silencio sepulcral siguió a la única frase del misal cristiano que yo sabía de memoria. Entonces elevé el tono con “!Amén!”, y la congregación me imitó. “Solaris, amazon, castafiore”, murmuré, y repetí el único hit exitoso de mi alocución: “Amén”. En el amén, se prendían todos. Como cuando al rockero que quiere tocar una nueva le exigen el clásico.

Pero entonces salió el sol: a las 7 y media de la tarde. Era un sol redondo y gris, que entraba por la puerta entreabierta de cal y madera de la capilla. Un eclipse tolteca. Los feligreses se cubrían los ojos. También irrumpió, con ese sol descolocado, el señor Julio de la Serna, en ropas civiles. Me señaló con un dedo flamígero, como impostor. Pero los presentes habían recuperado su independencia original: la mitad se lanzó contra el cura verdadero y la otra mitad contra mí. Nos arrojaban piedras y elementos litúrgicos. La jarra metálica de agua bendita rozó una de mis patillas canas.

Malinche me indicó una puerta hendida junto al púlpito, escondida entre el crucifijo gigantesco con Cristo presente y el mueble con la cajita de las ostias. Siempre he pensado que las ostias son el matzá de los cristianos, pero no sé por qué. Malinche, con los pechos asomando por debajo de una blusa blanca de lino, me llevaba hacia el desierto, en penumbras, por momentos destellado por ese sol extemporáneo.

– Padre -me dijo, con un tono lánguido, propio de un chocolate que sí se derretía-. Sus votos… Como en la gran derrota de su gente, la absurda historia entre Moctezuma y Cortés, nos perdíamos en el desierto de la traición, sin importarnos los coyotes ni la noche.

– No se preocupe -le aclaré-. En realidad, soy hebreo.

WD

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