La nueva historia de Marcelo Birmajer: En el centro de Berlín

En la pasada edición de esta misma columna, Cachorra, la compinche de Isidoro Cañones, pidió infructuosamente asilo en un centro de refugiados berlinés.

Incidentalmente, yo visité aquel mismo sitio en noviembre de 2019: invitado por el Ministerio de Relaciones Exteriores alemán, con motivo del treinta aniversario de la caída del Muro.

En rigor, la palabra “caída” no es del todo fiel al significado del suceso: el Muro no cayó por obra del azar o la naturaleza, lo demolieron los propios alemanes de un lado y del otro de la ciudad.

Escribí por entonces tres columnas para Clarín y salí al aire por el programa de Leuco, cubriendo el evento. Pero una de las circunstancias vividas en el contexto de mi viaje periodístico quedó en el tintero. Durante la visita al Centro de Refugiados, promovida por los organizadores de la gira, asistieron al encuentro con nuestro contingente de periodistas -colegas de Uruguay, Paraguay y Colombia-, tanto algunos refugiados como voluntarios alemanes.

Mientras narraban sus historias, de antes, durante y después de la división ejecutada por Kruschev y sostenida durante casi treinta años, una mujer alemana, que me sorprendió por ser hispanoparlante, pretérita habitante del sector soviético, aludió, sin aclarar pero con un dejo de melancolía, a ciertos detalles de aquel mundo perdido.

Su reminiscencia, vaga, pasó desapercibida; siguieron los comentarios agradecidos de los refugiados del Centro: todos ellos inmigrantes recientes. Al momento de las preguntas, me enfoqué en la mujer de Alemania Oriental: ¿cuáles eran los aspectos que ella extrañaba de la RDA?

Inicialmente la noté algo cohibida, pero progresivamente, con su español germanizado, fue cobrando impulso: había sido un estado socialista con ideales, argumentó, recibiendo a refugiados chilenos que huían de Pinochet, aspirando a un orden social mundial mejor o más justo.

Yo había atestiguado aquel mismo día y los anteriores, las historias truncas de más de seiscientas personas asesinadas por intentar atravesar el Muro, de entre los más de cien mil que se arriesgaron. Conocía de sobra, y lo repasaba en vivo, la iniquidad de la dictadura comunista: no solo no eran “ideales”, sino una de las excrecencias más lamentables del siglo XX, comenzada con la revolución rusa, y continuada aún por la dictadura cubana, la china, la norcoreana. En aquella Alemania desde donde el nazismo había lanzado su genocidio contra el pueblo judío, luego había sobrevenido la tiranía stalinista.

Por supuesto callé mis reflexiones, tomé nota de la respuesta y cedí la palabra. Tras algún que otro diálogo, los presentes entonaron en conjunto un villancico. Aproveché para salir a mirar los alrededores: el aire era frío pero agradable. La ciudad descansaba civil, vacía, ordenada, como si nunca hubiera ocurrido allí el siglo XX en toda su tragedia.

Pensé que hacía apenas 70 años por esas mismas calles habían desfilado las tropas hitlerianas, los SS, los millones de votantes nazis, que habían asesinado a la familia de mi abuelo en Polonia; su fuga como polizón en un barco, el día previo a la invasión, lo había depositado en la Argentina, y de algún modo a mí. Hubiera sido un buen momento para fumarme un cigarrillo. Regresé al Centro. Mis colegas se habían lanzado sobre la mujer alemana hispanoparlante en la que yo había reparado. La entrevistaban para sus respectivos medios, tanto gráficos como audiovisuales.

Dejé pasar la oportunidad: no me siento cómodo con las primicias ni el testimonio revelador; prefiero las minucias. Pero no pude dejar de escuchar, y luego mis colegas me lo ratificaron, que había aprendido el español por su romance con un exiliado boliviano. Junto a ese novio, ahora fugado -no del Muro sino de la relación- habían asistido a los miles de expatriados chilenos, tantos de ellos también comunistas: la diáspora latina del dictador Honecker.

Yo había conocido en 2010, en el contexto de la Feria de Frankfurt, otra mujer alemana, una de mis editoras; sentada junto a su marido, declaró haber aprendido el español de la manera más efectiva: en el amor. Cuando le pregunté al marido de qué país hispanoparlante era, ella respondió por él, que no hablaba español. Decidí nunca más preguntar al respecto.

Pero la historia de aquella mujer alemana oriental, voluntaria del centro de refugiados, y su romance con el militante minero boliviano, continuó conmigo mucho después de que ya no fuera posible viajar a ninguna parte. Una mujer, antes y después, solitaria: un clásico personaje de Le Carré. El deseo fogoso por un latino. El ritmo del universo energizado por esa pasión. Pero qué había sentido, qué había encontrado en ella el nativo boliviano, exiliado en la fría Berlín, que finalmente se había tomado el palo, quizás aprovechando la “caída” del Muro.

La pregunta, muda, tan vaga como la primera mención de la mujer, circuló por mi cabeza durante meses -más de doce- con la perseverancia de la Tierra alrededor del sol, sin respuesta ni intuición, hasta hace apenas unos días. Salí de radio Mitre y, caminando para casa, por unas calles vacías, desoladas por las restricciones absurdas, recordé mi fugaz paseo aquella noche a un par de cuadras del Centro de Refugiados de Berlín: la misma soledad, el mismo pasmo.

El experimento de la República Democrática de Alemania (eufemismo de la Alemania marxista) para aquella mujer se reducía al aprendizaje del español en los brazos de su menudo minero boliviano -finalmente vi las fotos: era más o menos de la estatura de Chespirito-.

El comunismo, los ideales, la recepción de los exiliados, no ameritaban la intensidad de esa nostalgia; devenía de haber pasado algunos años al calor de un hombre amado. Me parecía que estaba mirando su historia desde el piso de aquel edificio berlinés, cercano al Checkpoint Charlie, donde los guardias del régimen, apostados en la ventana, disparaban a los fugitivos entre 1961 y 1988 (en ese departamento cené, mientras sus actuales propietarios me narraban el pasado). ¿Añoraba la mujer el Muro, asociado a la permanencia de su amante?

Aquellos habían sido sus días felices. Probablemente si el mundo dependiera de la decisión imprevista de los abrasados por una pasión flamígera, hace rato hubiera sucumbido. Aunque, pensándolo bien (como el título del programa de Jorge Fernández Díaz), finalmente habremos de desaparecer de todos modos, como los dinosaurios y las entelequias.

WD

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