La nueva historia de Marcelo Birmajer: La refugiada

Cuando Hans Bakhuer llegó esa mañana fría y clara de 2021 a ocupar su escritorio en el Centro de Refugiados de Berlín, le sorprendió encontrar en la puerta a aquella mujer delgada, rubia, de nariz brevísima y labios finos. Los ojos no parecían tener color, pero era atractiva. Habitualmente los asistentes al Centro procedían del África, de Afganistán, de la República Islámica de Irán, de Siria o de cualquier otra de las dictaduras y monarquías del Medio Oriente. O de China o Vietnam. Pero esta señorita- no más de treinta años-, con sus armónicas facciones occidentales, era una novedad.

Hans se cuidó muy bien de no confesarse estos pensamientos ni a sí mismo: resultaban completamente incorrectos. Le preguntó en inglés cómo se llamaba y qué necesitaba. Ella respondió en un inglés con acento latino: -Me llamo Cachorra. Y busco refugio.

Hans la hizo pasar. Se acercó a la mesa con el termo de café y le ofreció también uno: ella aceptó. Cada cual eligió una pequeña masa con mermelada de jengibre. Hans tomó asiento tras su escritorio y la invitó a sentarse. Anotando en su laptop, preguntó: -¿Persecución política, de género, social.

 -No exactamente- respondió Cachorra. – Estoy escapando de un mundo cuadriculado.

– Creo que eso lo podríamos categorizar como “social” -especuló Hans, todavía sorprendido por los rasgos faciales de la mujer-. En ese país, ¿de qué modo la oprimen, persiguen o le impiden el desarrollo libre de su vida?

-Tampoco es exactamente un país. Es un mundo en peligro.

Hans temió hallarse frente a una loca. Era muy temprano en el Centro, y no habían llegado los responsables de seguridad; ni siquiera el resto de los refugiados. Aún faltaba una larga hora. Hasta ese día, las únicas hipótesis de amenaza eran los terroristas yihadistas: pero en las prescripciones oficiales del servicio de inteligencia para tal eventualidad, no había ninguna relacionada con el devenir de esta bella aspirante a refugiada.

La mujer notó la estupefacción de Hans e intentó aclarar: – Soy un personaje de historieta. No tengo padre ni madre: solo un creador, Dante Quinterno, y un abuelo al que nunca ví: el general Bazooka. Mi único vínculo estable es con un playboy -remató, sin ironía, Cachorra.

– ¿Cómo definiría ese vínculo? -preguntó desconcertado Hans.

-Viajamos juntos, salimos hasta altas horas de la noche, a veces dormimos en el mismo ambiente. Podemos quizás llegar a darnos un leve beso en los labios. Bebemos como cosacos y bailamos sin tregua. Pero no tenemos…

-¿No tienen hijos?

– No tenemos… intimidad -encontró la palabra Cachorra.

-¿Los obligan a permanecer juntos? -buscó su rol Hans.

– En absoluto -negó, lentamente con la cabeza, Cachorra-.  Todos mis intentos de armar algo sin Isidoro, fracasaron. Se llama Isidoro Cañones, en Argentina es muy conocido.

-¿Usted es argentina?

– Se podría decir que sí. Pero no vivo en el país real. Son dos mundos distintos. El problema es ahora con la pandemia, y la crisis del papel… Estoy buscando otros horizontes. Pretendo, por primera vez, ser una mujer. Conocer a alguien. Puedo trabajar de cualquier cosa, necesitaría solo un tiempo para adaptarme.

Hans se quedó pensativo frente a la pantalla de su computadora portátil. A esa hora generalmente estaba jugando al Blade Runner 2049. De hecho, la computadora le estaba avisando que lo aguardaba su nueva partida en el nivel 3.

-Su caso es muy inusual -dijo por fin-. Pero será un buen ejercicio: tanto para intentarlo nosotros como Centro, como de integración con los actuales asistentes. No hay ningún latinoamericano entre los refugiados: será un soplo de aire fresco.

Cachorra se puso de pie, rodeó la mesa, y abrazó y besó a Hans. Todo mal: desafiando el protocolo de la pandemia y las rígidas costumbres alemanas. Pero aún empeoró: Marga, la prometida de Hans, acababa de llegar por sorpresa de Múnich para visitarlo.

– Ejem -fingió una tos Marga.

Hans enrojeció como un tomate, miró demudado a su novia, y apartó bruscamente de sí a Cachorra.

– ¡Marga! -exclamó Hans.

– ¿Y esa tos? -agregó para salir del paso-. ¿Tienes otros síntomas? ¿Te has hisopado?

La tos es porque aquí el aire está enrarecido -replicó Marga; mientras Cachorra, sin darse por enterada, recorría encantada con la vista el lugar-. Su invisible abuelo ya habría dado aviso a las autoridades, pero dudaba de que pudieran encontrarla allí. ¿Qué derecho tenía sobre ella un abuelo que ni siquiera había estado en sus momentos críticos? Haber nacido sin padres representaba en esta instancia al menos una ventaja: la de poder elegir el propio destino. Extrañaría a Isidoro: pero ya era hora. Quería conocer el secreto de ser mujer.

Marga, que había llegado para pasar el fin de semana con su amado, se retiró furibunda, no sin antes advertirle a Hans que para cuando se pusiera el sol, debería elegir si mantener a aquella “chiruza” (la expresión exacta en alemán es intraducible) en el Centro o seguir adelante con sus planes de boda.

Hans permitió que Cachorra se acabara el segundo vaso de plástico de café y comiera la otra masita de jengibre: mirada así, a la distancia y en silencio, era preciosa; sus ojos sin color revelaban unas ansias que la volvían sensual. De algún modo entendió los reparos de su novia, aunque no justificó su furia.

-Las cosas han cambiado un poco -le explicó Hans a Cachorra, mientras ingresaba el primer refugiado afgano, seguido por un disidente ruso-.

A la mañana siguiente, en un kiosko de la avenida Pueyrredón, una revista apaisada y delgada cayó sobre una pila de diarios: era la reimpresión del número 505, capicúa, de Las locuras de Isidoro. En la tapa, la mirada de Cachorra, que coprotagonizaba la aventura, se apagaba en un indistinguible halo de tristeza.

WD

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