La nueva historia de Marcelo Birmajer: Mercucio

Remigio Sanfredo había anhelado toda su vida interpretar un papel teatral: cualquiera. Su padre, el dramaturgo Giorgio Sanfredo, murió luego de abandonarlo, a tres meses de nacido.

Cuando Remigio cumplió 18 años, la madre sufrió un ataque de demencia y le detectaron un problema cerebral incurable, solo podía mitigarse relativamente con medicación. La internaron y Remigio permaneció, solo, en la pequeña habitación de una especie de conventillo en San Telmo. Alba, la madre, le había pedido que no la visitara. Ella vendría cuando se sintiera lista.

Remigio consiguió trabajo en un taller mecánico, sin confesar su completa soledad. Pero por sobre todo, se lanzó a buscar una oportunidad para subir a las tablas. Su propia vida dependía de concretar esa vocación: el teatro, los personajes, los libretos, guardaban para él más sustancia que la cotidianeidad. Si lograba participar de una obra, el transcurrir de sus días cobraría consistencia.

Finalmente, luego de una búsqueda incansable y desesperada, consiguió un casting para hacer el Mercucio de Romeo y Julieta en la versión de un centro cultural, a beneficio de un emprendimiento para convertir a indigentes en trabajadores. La posibilidad surgió durante el momento álgido de las restricciones por la pandemia: cada postulante practicaba en su respectiva casa y, si las condiciones lo permitían, harían el ensayo general en el teatro; si no, por zoom.

Remigio había leído todas las obras teatrales de Shakespeare. Algunos párrafos se los sabía de memoria. Mercucio no era su personaje favorito, pero podía interpretarlo con cierto garbo. Durante el día trabajaba en el taller; y desde la noche hasta la salida del sol, frente al espejo, impostaba el personaje. A veces llegaba al trabajo sin haber dormido. Una vez le dijo Romeo a su jefe.

Al regresar a casa, los transeúntes a menudo le parecían Montescos o Capuletos: el almacenero era Montesco, el kiosquero Capuleto. Ya les habían permitido abrir los negocios, pero no el teatro. El japonés Huraki, de la tintorería, era Montesco; doña Marucha, de la rotisería, Capuleto. Remigio, como el propio Mercucio, no era Montesco ni Capuleto. Y a diferencia de su propio personaje, ni siquiera era amigo de Romeo.

Aprendió a decir algunos parlamentos en italiano, y otros en el inglés de época. Fuera de esos textos precisos, no hubiera sabido armar una frase en ninguno de los dos idiomas. Le gustaba fingir la muerte frente a su espejo: el cuchillo que le entraba en el tórax, bajo el brazo invisible de Romeo. Gemía, barboteaba, se tiraba salsa de tomate en la ropa.

Un día, en el taller, en medio de un descanso para almorzar, lo descubrieron diciendo su texto a solas: impresionados, en silencio, al concluir, lo aplaudieron. No sabían de qué estaba hablando, pero los cautivó. Cuando le preguntaron y respondió Romeo y Julieta, la admiración se duplicó. Conocían la historia, pero nunca habían escuchado la obra original. Ni siquiera habían visto la película de Zeffirelli. Remigio se había bajado de internet media docena de versiones cinematográficas del clásico, y más de una docena de versiones teatrales.

El día del ensayo general les permitieron reunirse en el teatro. Julieta era más linda de lo que hubiera podido imaginarse. Los actores comenzaron a actuar a una orden del director. El texto que declamaban no era el Romeo y Julieta de Shakespeare, ni algo que se le pareciera, ni una adaptación ni una versión. Su madre, Alba, entró de pronto en la sala. ¿Cómo había sabido dónde encontrarlo? Pero Remigio debía permanecer tras bambalinas. Además, no encontraba el modo de acercarse a su madre recién llegada: era una mezcla de miedo y aprensión. En un aparte, le preguntó a Julieta qué estaban poniendo en escena.

Era el original de un autor, de seudónimo Mercurio, sin relación alguna con el clásico: trataba sobre un hombre que se convertía en mujer. El papel de Remigio no era el de Mercurio, pero sí de un amigo (el único contacto con el Mercurio de Shakespeare). Nunca le había llegado a Remigio el attachment con sus partes y desde el inicio creyó que cada participante acudía a su propio libro. Todo había sido un malentendido.

Remigio no sabía una palabra del texto. Las manos y los pies le temblaban. El único detalle de piedad del destino fue que, antes de que subiera al escenario a hacer el papelón de su vida, hubo un corte y una pausa para almorzar, como en el taller mecánico. Se lanzó hacia su madre, la abrazó. En el conventillo le habían dicho a Alba dónde era el taller, y en el taller dónde era el ensayo. La habían dejado salir, pero solo por un par de horas. Remigio lloró en su hombro: desperdiciaría su primera oportunidad. Quizás fuera la última: correría la voz de que el hijo de Sanfredo no se sabía la letra. No salía gratis una falla semejante.

– Pero vos podés recitar a Mercucio de memoria -replicó su madre-. ¿Qué pensás, que en este mundo cada cuál repite el papel que se estudió? Lo único que hacemos es salir al ruedo sin tener la menor idea: apenas si podemos hablar. A nadie le toca el papel para el que se preparó, y nadie está preparado para el papel que le toca. No estamos ordenados, cada hora se improvisa. La vida no tiene sentido. Pero no creo que nadie pueda hacer a Mercucio mejor que vos.

Remigio no personificó específicamente a Mercucio, pero usó su tono, o al menos el que había practicado: escuchó atentamente lo que le decía la protagonista, e improvisó las respuestas. La chica no lo dejó en vilo: le siguió la corriente. El director estaba maravillado. Los dejó dialogar unos quince minutos, aunque el papel de Remigio no duraba más de cinco. Cuando cerró la situación, el aplauso fue sostenido. La madre ya no estaba entre el público. Al terminar el ensayo, con el papel adjudicado a ambos, Julieta se fue a tomar una cerveza con Remigio.

WD

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