La nueva historia de Marcelo Birmajer: El hijo del Matrero

Nunca supo si era cierta la leyenda de que el hombre, al morir, ve pasar por su memoria, en instantes, las horas más significativas de su vida; el matrero sí sabía que su legado de padre a hijo se transmitiría telepáticamente: era privilegio de los hombres libres comunicarse mentalmente, del ancestro al descendiente, cuando llegara el momento.

“Hijo, ten cuidado”, le narró en el silencio de su corta agonía, “El pezonavanti se ha vuelto loco. Ya no se permite caminar, ni correr ni viajar. Desde que tengo uso de razón hemos respetado a conciencia las reglas: jamás ensuciamos las veredas con el excremento del perro, ni transgredimos las leyes del tránsito, ni violentamos al prójimo ni ventajeamos al vecino”.

“Siempre te inculqué, hijo mío, que la vida es más importante que la felicidad: no asumas conductas que pongan en peligro o acorten tu vida por euforia. Te obligué a usar el cinturón de seguridad y cada una de las prevenciones que, aunque incómodas, podían proteger tu existencia. Eso ni siquiera se discute: así debe ser”.

“Pero nunca dudé de que uno de los pocos oasis por los que vale ponernos en riesgo es la libertad. No la libertad de hacer daño ni de arriesgar lo ajeno: pero sí la libertad de caminar, de viajar, de estudiar y trabajar. Por esas actividades sí vale la pena arriesgarse, siempre y cuando no enfrentes una amenaza palpable e inmediata cuyo desafío sea un literal suicidio. No es el caso, hijo mío: el pezonavanti está sacado”.

“Mi legado es el mate de yerba usada, un termo con agua justa y un cuaderno con la palabra libertad. Somos argentinos, hijo: si los especialistas le hubieran recomendado a San Martín que no cruzara los Andes porque corría riesgo su vida y el libertador hubiera sofrenado su empeño, no lo seríamos”.

En lo que fuera mi casa te aguarda tu herencia. Lamento recordarte que para llegar habrás de surcar la calle del Algarrobo. Te advierto que con un alcance de trescientos metros el pezonavanti ha instalado allí un radar detector de pensamientos incorrectos: en cuanto el artefacto escanee tus ideas fuera de tono, lanzará un rayo neurálgico que derretirá tu memoria. El detector de pensamiento -sí, distingue un pensamiento, en singular- es el nuevo gran descubrimiento del pezonavanti: no se le ocurre ninguna norma coherente para mitigar los efectos de las crisis, pero se regodea en apagar cualquier incandescencia que pudiera surgir de una imaginación independiente.

¡Cuidado, hijo: ni abandones tu pensamiento ni te dejes achicharrar! ¡De nada servirán tus convicciones si el fusilazo del pezonavanti las aniquila! Aquí tengo un hoja, una oreja, un susurro, un pensamiento, decía el poeta Neruda. No es este el momento de recordar que también fue stalinista. Lo cierto es que ese verso señero y otros tantos de su genial pluma, nos alumbran en esta hora oscura en la que se nos impide acercarnos al mar, mirar las estrellas y respirar el aire fresco.

Tú tienes un pensamiento, hijo, tus orejas, mi susurro, y la hoja con la palabra libertad que te aguarda en la casa. Avísale a tu hermana antes de emprender la odisea: ella sabrá aconsejarte y juntos seguirán camino. No olvides que la sabiduría de la mujer y la del hombre se complementan: de nada sirve la una sin la otra. El pezonavanti se ha vuelto loco, y el humano obedece mansamente. La libertad nunca ha sido un hecho dado, ni espontánea ni innata: así como Dios inventó el mundo, los seres humanos hicieron la libertad. Es una decisión, no un regalo de la naturaleza.

La libertad es aún más difícil que la subsistencia, que ya es muy difícil. La libertad es sagrada, hijo, no la pueden administrar los políticos ni los científicos. No es una commodity. Por eso camina con impar cuidado por ese fatídico tramo de la calle del Algarrobo. ¡Atento al rayo detector del pensamiento incorrecto! Tienes derecho a pensar distinto incluso de toda la humanidad. Si quisieras molestar al prójimo, yo mismo te lo prohibiría. Si quisieras competir con el débil, provocar al inocente, ensuciar la cerca del vecino, no descansaría hasta impedírtelo. Siempre hemos respetado las reglas, aún cuando nos resultaran incordiosas o desfavorables. Pero no le hemos dado a nadie el permiso de que nos impida viajar, caminar o respirar aire fresco. No hemos delegado la soberanía de nuestra propia persona: ni con un voto ni con un consenso. Queremos vivir en sociedad tanto como en paz con nosotros mismos”.

El hijo del matrero aprontó su coraje para seguir la huella de la copla muda de su padre. Llamó a su hermana: ¿cómo hacer para atravesar la calle del Algarrobo?

– Estuviste enamorado de una tal…-le recordó su hermana-. ¿Por qué no pones en ella tu ilusión mientras transitas esos trescientos metros?

– La llevo en el corazón, no entre las ideas -admitió el hijo del matrero.

Pero la sugerencia de su hermana lo inspiró: la estrategia sería poner el cerebro al remojo de un par de divagaciones alejadas de cualquier racionalidad, y superar los trescientos metros sin ser detectado. Contrabandear su sentir proscripto envuelto en una insensatez permitida. Sin embargo, con el transcurrir de la tarde, no se le presentaban las musas de la chorrada. En la pesca de un pensamiento inocuo, por el contrario, el recuerdo de su padre, las tentaciones de la emoción y la reflexión, lo azuzaban contra su voluntad.

Finalmente, se preguntó a qué venía lo de obedecer este mandato paterno. Un mate de yerba usada, el agua justa y la palabra libertad, podían encontrarse en muchas partes. ¿Por qué apostar el cerebro en un recorrido improbable? Descubrió, en ese cambio de destino, el verdadero legado de su padre: determinar uno mismo qué hacer con sus propias circunstancias, porque finalmente es uno quien pagará las consecuencias. ¿Sería factible tomar un atajo hacia las mismas recompensas? Quizás fuera un camino más largo. No era pisar las huellas del que ya había llegado, sino seguir caminando hacia esa forma de lo desconocido que nos es propia.

WD

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